17 de febrer de 2020

El vino de Schrödinger


“La mecánica cuántica describe la naturaleza como algo absurdo al sentido común. Pero concuerda plenamente con las pruebas experimentales. Por lo tanto espero que ustedes puedan aceptar a la naturaleza tal y como es: absurda.”

Richard Phillips Feynman



¿Le gustaba el vino a Erwin Rudolf Josef Alexander Schrödinger?

¡Pues vaya usted a saber, oiga! ¡Vaya con la preguntita con la que me viene, así sin aviso previo y sin presentarse como es de conveniente educación!

Pero, mire usted, si hemos de fabular al respecto, yo diría que sí, que por supuesto. Ningún Premio Nobel en Física que se precie viviría sin su copita de tinto en las comidas. Y en aquellas tertulias con Plank, Bohr, Born, Heisenberg, Dirac, Einstein… se descorcharían buenos Riesling del Palatinado y Mosela. Daría yo un brazo apostando por ello, ¡fíjese lo que le digo!

Pero no idealicemos la cosa. Mucho Nobel, mucho Nobel, pero seguro que más de una botella tuvo que correr cañería abajo: ¿En serio, Albert? ¿Traes un Cheval Blanc de 1898 y huele a corcho? Calla Werner, que la próxima me traigo un pitarra del 26. Pero eso sí, Kosher…

Y un fabricante de tapones de Girona que pasaba por allí levantó la mano y espetó: ¡Eh! Que ese no es el olor del corcho, eso es humedad. Claro, tenía razón en cierto modo, aunque en esa época no se contaba con todos los conocimientos actuales sobre el TCA y, además, ninguno de aquellos sabios le hizo el menor caso. Echémosle la culpa al despiste corporativo…

Mas justo en ese momento, Schrödinger, en un ataque de clarividencia, cogió el corcho y llevándoselo a la nariz, cerró los ojos y declamó, ante el estupor general, lo siguiente:

“Imaginad una botella de vino supuestamente excelente y en perfecto estado de conservación y envejecimiento, cerrada con un corcho. Imaginad la presencia de clorofenoles en el campo donde se cultivaron aquellas uvas que devinieron en este vino, procedentes de tratamientos pesticidas; o en el alcornocal de donde proviene el corcho; o en el robledal de Alliers de donde se extrajo la madera de las barricas que contuvieron a aquel; o en la bentonita que lo clarificó… Imaginad ahora una microflora ambiental compuesta de hongos filamentosos y algunas levaduras y bacterias aviesas. Imaginad, finalmente la posibilidad de que esa colonia de microorganismos entre en contacto con aquellos compuestos clorados y provoquen la síntesis de 2,4,6-tricloroanisol y otros primos hermanos suyos. Esto provocaría este desagradable olor que ahora percibimos y que ha hecho que el caballo blanco enfile el camino de la mar-océano al galope.

Ahora bien, ¿cómo sabemos si una botella está infectada antes de abrirla? Tenemos todas estas circunstancias ambientales, pero no sabemos si reactivos y microorganismos han entrado en contacto y se ha producido la muerte del vino. Pero mientras la botella esté cerrada, el vino se encuentra en un estado de superposición: está muerto y está vivo al mismo tiempo. Y solo cuando abramos la botella observaremos una de las dos opciones. En todo caso, ya nuestra sola intervención al descorchar y observar el estado del vino, contaminará el experimento.”

En ese momento, el bueno de Dirac, casi sin mirar a su cara, le dijo suavemente: “Supongo que esto es una decoherencia y tratas de hablarnos de electrones, no de vino. Pero con esta explicación vas a tener serios problemas en tu grupo de Alcohólicos Anónimos.
¿Por qué no la cambias por un gato encerrado en una caja?”



Por Paco Balsera @pacobalsera

12 de febrer de 2020

RECORDO OLORS



Recordo,
recordo a la meva mare,
recordo l'olor d’Heno de Pravia,
a truita de patates i
a una indestructible fe en un déu que,
dit sigui de passada,
mai va aparèixer.
Recordo, recordo al meu pare,
recordo l'olor de Varón Dandy,
a Floyd, a la cambra de l'emissora de ràdio i
a una indestructible fe en un Dorado que,
dit sigui de passada, mai va aparèixer.
Recordo una infància,
l'olor de Bucanero i Tigretón,
de l'escuma de les onades
de la Platja Gran de Palamós,
i a l'amiga de la meva germana,
que dit sigui de passada,
mai va aparèixer.
Recordo olors,
olors de coses que mai van aparèixer,
per molta fe que es tingués en elles,
oloro, oloro records,
records de coses que mai van aparèixer i que,
dit sigui de passada,
em van fer un gran favor
no apareixent.

Per Esteve Bosch @esteve_bosch_jaureguizar

5 de febrer de 2020

Unexpected D.C. – A mecca for food, wine and culture lovers




A friend and I were recently talking about one of my all-time favorite films, When Harry Met Sally, a classic 1980s American romcom, when this question came up for self-reflection: Do I consider myself to be a fussy, set in my ways type of person like Sally’s character in the movie? In Catalan, I think we’d call that maniàtic/-a or primmirat/-ada. My answer: Well, maybe a little.  

An idealist at heart, I have been known to view life from a perspective of how well just about anything measures up to my vision of what it could be. Not in the sense that I always see the grass as greener on the other side, but I’ll admit to sharing a few personality traits with Goldilocks (better known to Catalan and Spanish speakers as La Rínxols d’Or or Ricitos de Oro), the fairy tale character who breaks and enters the home of the Three Bears, assessing whether an experience is too this, too that or just right.

So what does any of this have to do with Washington, D.C.? As I observe my own thoughts as I discover this city, I recognize that I’ve spent a lifetime looking for the ideal American city to call home through these lenses. And that in my search, I’ve set a fairly high bar for what that place should be like. Los Angeles will always be my hometown but has always felt, to me, too big and impersonal. And don’t even get me started about the traffic. I’ve heard wonderful things about Boston and Chicago, though I’ve never lived in either, but have never seriously considered moving there. Too cold. Then there’s Portland or Seattle in the Pacific northwest. Gorgeous places with great food and wine. Why not settle there? Too wet. See what I mean by the Goldilocks reference?

What makes Washington, D.C. feel ‘just right’, at least for me? So far, everything! It’s an impeccably clean city with beautiful architecture. The vast network of museums and galleries run by the Smithsonian Institution are free to the public. Public transportation is safe, clean and for the most part efficient. It’s one of the few cities in the U.S. where you don’t need to own a car. The city has a little bit of a Parisian look and feel, but is smaller in scale, more like Barcelona.

But the one thing that makes D.C. truly unique is its diversity – of cultures, languages, food and wine. A wide variety of African, Asian, Latin American, Mediterranean and Middle Eastern cuisines are represented here - in both restaurants and markets. The residents of ‘the District’ are very open and creative, and this is reflected in the city’s food and wine offerings. I would offer recommendations, but I haven’t lived here long enough to give you a comprehensive list. Besides, my list would be totally biased - a reflection of my favorite things. Goldilocks, remember?

P.S. If you’re planning a visit to Washington, D.C., feel free to message me and I’ll gladly share that list with you if you’re interested. You can find me on Instagram @polyglotsomm  



By Carla Gordillo @polyglotsomm